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POR LA PAZ, ABSOLUTAMENTE

La guerra es una anomalía, usted lo sabe, una patología humana. Se anida en primer lugar en los corazones debilitados y amedrentados, decepcionados, enfurecidos contra ellos mismos. Busca luego la destrucción del otro, a veces en la pareja, otras veces en el trabajo, entre vecinos, en familia, y sube por capilaridad hasta los denominadores más grandes y comunitarios que son, desde algunos milenarios, las Naciones. De éstas emergen, a menudo, dirigentes pendencieros, habiendo dedicado su vida al odio más bien que al amor y encontrando todas las razones para cumplirse en la violencia en la cual, desde luego, participarán sólo con la sangre de los demás. He aquí el castigo que se infligen los humanos cuando no quieren admitir que no son animales esclavos del instinto y que pueden ser, a la vez, responsables y víctimas de grandes matanzas que sus tiranos - democráticos o no - utilizan para anestesiar el temor de morir.

Donald Trump es de ésos. Belicoso, rencoroso, tramposo, vanidoso, pudrido por su dinero, es el reflejo de un pueblo amargo y sin ilusiones, fundado antaño sobre un genocidio a gran escala. Después de su nombre en lo alto de una torre, este hombre lo vería bien en una página de historia dedicada a la tercera guerra planetaria. Vladimir Putin es otro. Antiguo gamberrito oscuro de suburbio, revanchista, acomplejado, enriquecido hasta la vergüenza, es la emanación de un pueblo humillado por su historia, magullado, azotado, incrédulo desde hace tiempo en las virtudes del amor. Esos dos, aterrorizados como cualquiera por la idea de su propio fin, hallan en el deseo de omnipotencia un remedio a su angustia de morir. Haciendo esto, sirven intereses superiores a si mismos, lo que se llama "geopolítica" y que sólo es voracidad, codicia de aquellos que secuestran a sus pueblos para convencerles de defender una impostura que disfrazan de causa  económica, humanitaria o, peor todavía, "democrática"!

Y nosotros franceses, ¿a quiénes dejamos emerger para representarnos y tomar decisiones en nuestro lugar? El último fue un hombre débil y tunante, humillado por sus mujeres, herido a muerte por su impopularidad, candidato permanente al resentimiento que sacia enviando tropas, armas, aviones de combate bajo cualquier pretexto.

Y ¿quién son los que aspiran a reemplazarlo? ¿ Sabios? ¿ Gente de bien, pacífica, aspirando a la luz?

Para saber lo que valen sus nombres en nuestras cabinas electorales, hay que verlos reaccionar frente a la última calaverada de su Majestad Peluca que acaba de enviar misiles sobre Siria (cincuenta y nueve, nos cuentan) en respuesta a un supuesto ataque a armas químicas de El Assad, como en el tiempo cuando, en nombre de la misma química (inexistente), habíamos eliminado a Saddam Hussein haciendo su país un campo de ruinas de un millón de muertos hasta hoy.

A partir de estos hechos aparentemente lejanos - pero concreto y arriesgados - se revelan nuestros candidatos al destino presidencial. Más que con el paro, la Seguridad Social, la salida o no de la Unión européa, es aquí dónde el frontera existe entre los que aspiran a nuestro bien y los que quieren el mal absoluto y autodestructor, entre los enamorados de la especie humana y los que la detestan como a ellos mismos se odian. Decidir una guerra, no intentar nada para impedirla, es una responsabilidad harto criminal porque mata a semejantes, a humanos, por causas incomprensibles o embusteras, sirviendo intereses que JAMÁS son los de las víctimas.

Examinaremos pues a nuestros candidatos y su virtud humana. Haremos la selección, eliminaremos a los que, demasiado pegados a nuestras necesidades de conflicto, de saciar frustraciones, halagan nuestra parte tenebrosa y nos arrastran hacia el abismo.

¿ Y usted, para las ideas de quiénes acepté mezclar mi voz, es de una madera diferente, hizo la paz dentro de usted ? ¿ Está apasionadamente, absolutamente, incondicionalmente POR LA PAZ, PARA LA VIDA, para el destino radiante de nuestra especie demasiado humana que no puede ser por la voluntad de uno sino por la conciencia de muchos y por el fin de la servidumbre?

La pena no lleva pasaporte

Yo Vivía en Moscú en el momento que unos cuarenta simpatizantes chechenos asaltaron un teatro donde había estado unas semanas antes. Balance: 130 muertos. Mis amigos, mis vecinos, la gente de la calle, lo seguían todo por televisión. Les chocaba, les conmovía, y acusaban a sus dirigentes de incompetencia. Luego, aquel enojo recayó y votaron, dos años más tarde, a favor de la misma gente.

Seguía allí cuando unas treinta personas secuestraron una escuela del Cáucaso en el primer día de las clases. Balance: 380 personas asesinadas - entre las cuales una mitad de niños - bajo las balas de los agresores y de sus compatriotas que querían liberarlos. Mis amigos, mis vecinos, la gente de la calle, se indignaban, seguían esto por televisión, pero habían votado, seis meses antes, a favor de los mismos.

Estaba todavía en Moscú cuando varias bombas mataron a 200 personas en una estación madrileña. En España, la gente estaba bajo el choque, trastornada, y escuchaba las mentiras políticas por televisión. Luego votó y se cambió de Gobierno.

Hace dos semanas, un avión ruso se estrelló en el Sinaí: 200 muertos. Las familias lloraron, el país decretó un duelo nacional y Charlie Hebdo publicó insultantes caricaturas.

Ayer por la noche, yo estaba en la inauguración de un amigo pintor mientras mataban a 200 personas en el centro de París. Mi sentimiento hacia los que murieron por ir a un concierto o tomarse un trago es igual que hacia las víctimas del teatro moscovita, de la escuela de Beslán, de la estación de Atocha, y de todos los aviones, los autobuses, los edificios y lugares públicos que estallan en el mundo. La pena no lleva pasaporte y todos pagan con su vida el egoísmo de los renacuajos belicistas que habrían debido protegerlos pero que nunca acaban de crear las condiciones de nuevas matanzas.

Al volver a casa, no quise mirar las imágenes, igual que lo había hecho en Moscú. No por cobardía, ni por necesidad de negar la evidencia, sino porque el horror y el sufrimiento no son un espectáculo y porque la publicidad de las matanzas forma parte del plan de sus comanditarios.

Ahora, en lugar de obedecer a las consignas de los que sólo se expresan en el horizonte de su pequeña reelección, antes que dejarse inflamat por explicaciones simplistas, mentirosas, y por odios automáticos, habría que entrar en sí mismo para encontrarse con el silencio, apaciguar la tormenta, calmar nuestro pavor, admitir que la guerra no es más que una vedetta a gran escala de la cual los animales son incapaces, intuir que todos nacemos para morir y no para que nos maten, creer que la paz es un acto valiente, que es necesario hacerla a toda costa entre hombres y mujeres, entre hermanos y hermanas, entre vecinos, colegas, y saber que el respeto de las diferencias viene después del de nuestras semejanzas.

Si creemos en todo esto, si decidimos que nuestra “servidumbre voluntaria”, que describe - y descalifica - La Boétie, no tiene que seguir preparando el lecho de las tiranías (democráticas o no), que el amor no es un don sino una deuda que se reembolsa, que el dinero no es embolia sino circulación, que el trabajo no debe ser maldición sino placer, que el poder no es más que la tentación de los impotentes, entonces se abrirá ante nosotros una camino luminoso que aún no se exploró, y tal vez salvemos nuestra especie de lo que amenaza con hacerla desaparecer, es decir de sí misma.

Ayer por la noche, en mi habitación de hotel, después de un día de trabajo en el Espacio Picasso de Martigues, encendí la tele, lo que jamás hago en mi casa ya que no tengo. Derivando de cadena en cadena, me detuve sobre los extractos de una película propuesta al país algunas horas antes. Su título es " Un tiempo de Presidente " y es un documental muy acertado ya que muestra hasta la náusea lo que yo sé desde hace tiempo (por sentido común pero también para haberme rozado con ello de cerca) sobre esa impotencia en mantener el timón que, por antifrase resplandeciente, se llama Poder.
Filmando marionetas con aires falsamente graves para llevar asuntos graves de verdad en el decorado aplastante de un teatrillo demasiado grande para ellos, siguiendo a títeres obsesionados por su imagen y los chanchullos que, habiéndoles llevado hasta allí, deberían mantenerlos, rodando a pésimos actores quienes escriben sus propios papeles, sus réplicas tontas, la cámara consigue la hazaña de hacer el panegírico del vacío, causando consternación general en detrimiento de sus propios comanditarios.

¡ Socorro! ¡ ¡Que no hay nadie en la cabina! ¡ Despertemos! Seamos niños perspicaces y capaces de revelar la impostura de unos reyezuelos lamentables que, considerándose vestidos de prendas suntuosas, deambulan en pelotas. Apaguemos nuestras pantallas cuando hablan, quememos el papel que los hace existir, no votemos por nadie en las erecciones de figurinas patituertas, de simulacros caducados. Ellos, cuya cobardía apuesta sobre la de los demás, existen sólo por nuestras cegueras voluntarias, nuestra fe en el Papá Noel inspirada por el miedo de no recibir más regalos.

Y por fin, todos aquellos que pagamos de nuestro bolsillo para "comunicar" sobre la mejor manera de vender el detergente político, deberían salir del escenario - o más bien de bastidores. En primer lugar porque son perjudiciales a nuestra salud,y  luego porque son nocivos para ésos mismos que pretenden servir.

Ayer por la noche, en mi habitación de hotel, después de un día de trabajo en el Espacio Picasso de Martigues, encendí la tele, lo que jamás hago en mi casa ya que no tengo. Derivando de cadena en cadena, me detuve sobre los extractos de una película propuesta al país algunas horas antes. Su título es " Un tiempo de Presidente " y es un documental muy acertado ya que muestra hasta la náusea lo que yo sé desde hace tiempo (por sentido común pero también para haberme rozado con ello de cerca) sobre esa impotencia en mantener el timón que, por antifrase resplandeciente, se llama Poder.
Rodando marionetas con aires falsamente graves para llevar asuntos verdaderamente graves en el decorado aplastante de un teatrillo demasiado grande para ellos, siguiendo a títeres obsesionados por su imagen y los chanchullos que, habiéndoles traído hasta allí, deberían mantenerlos, cuadrando a pésimos actores quienes escriben sus propios papeles, sus réplicas tontas, la cámara consigue la hazaña de hacer el panegírico del vacío, causando consternación general en detrimiento de sus propios comanditarios.

¡ Socorro! ¡ ¡Que no hay nadie en la carlinga! ¡ A despertarse! A mostrarse niños perspicaces y capaces de revelar la impostura de estos reyezuelos lamentables que, considerándose vestidos de prendas suntuosas deambulan enteramente desnudos. Apaguemos nuestras pantallas cuando hablan, quememos el papel que los hace existir, no votemos por nadie en las erecciones de figurinas patituertas, de simulacros caducados. Ellos cuya cobardía apuesta sobre la de los demás, existen sólo por nuestras cegueras voluntarias, nuestras creencias en el Papá Noel inspiradas por el miedo de no recibir más regalos.

Y luego, todos aquellos que pagamos de nuestro bolsillo para "comunicar" sobre la mejor manera de vender el detergente político, deberían salir del escenario - o más bien bastidores. En primer lugar porque son perjudiciales para nuestra buena salud, luego porque son perjudiciales para ésos mismos que pretenden servir.

¿Más allá de la piel?

Me estoy preparando a ser porteño una vez más. Estaré en La Trastienda el 19 de octubre. Lo haré con Celia Coido y su empresa Punto Cardinal. Estuvimos charlando un domingo por la tarde del pasado mes de mayo en el bar El Federal, esquina Perú con Carlos Calvo. Nos entendimos perfectamente. Celia es de esas personas con entusiasmo y capaz de lanzarse con tranquilidad en algo que le parece correcto y sin efectos dañinos.

Escribo esto desde París, a poca distancia de Montmartre. Me cuento que esto es mi casa pero cada vez me entran más dudas. ¿Acaso mi casa no existe más allá de mi piel?

Abrirse, abrirse

Hace mucho tiempo que no escribía más. Nada que ver con la falta de inspiración: cosas que decir, tengo por decenas. Era más bien una forma de repliegue, una acumulación de penas.

¿ Artista, decíamos? Aun hace falta que lo experimente...

Este período fue él de una recesión donde me hundí, poco a poco, en una melancolía sin fallos. Me
puse triste, cansado, con el gusto salado de frases que no quisiera oirme pronunciar más. Aborrezco los cielos por mentirnos, pero también me acuso de equivocarme. Abrirse, abrirse, en tantas corrientes de aire como heridas. Gemir. Un alma que pasa me agarra el brazo: "¿Que haces, querido hombre? Paso, como tú. ¿Tienes otro deseo? No, querida alma, no lo tengo. O tal vez si… espera". Y ella me suelta, me asusta porque teme morir. Yo no le tengo miedo a tan poca cosa.

Por tanto que me escuches,

por tanto que despiertes,
que sigas sorda hacia los destinos impuestos,
te deleitaré con un trozo de tiza
azul,
como azul fue aquel banco del jardín moscovita
donde unos niños jugaban cerca de mí

Mi miga, mi dulce, mi pan. Así de todo, así de lo tuyo, de lo mío, de lo nuestro... Así de las cadencias caóticas. Tú querías cuando yo no podía. Te enrabietabas. Hoy, te resignas a una vida sin vida, a una fortuna de cenizas, a un cálculo cascado como la campana de una iglesia. Pero yo, mi alma, mi hermana, mi silencio adorable, a eso no me someto... nunca.

Mejores Aires

Apareció aquí este comentario a mi último billete : "Te aseguro que la próxima vez que andes por estos lares estaré presente !!" Otro decía: "Volvé pronto". Es fácil imaginar el placer que esto me provoca. Sin embargo, ocurre muchas veces que, en la calle, en el tren, donde sea, alguien que me declara espontaneamente: "Gracias por lo que haces" añade casi siempre: "aunque esto te lo deben decir tantas veces que te debe causar hastío". Invariablemente, contesto: "¿Cómo me podrián causar saturación los agradecimientos? Por ahí se los ofrezco a quien nunca recibe las gracias por lo que hace, al que barre esta calle, al que conduce este tren, por ejemplo".

Decidí ser de nuevo un poco argentino durante dos semanas, a principios de diciembre. Llegaré directamente de Moscú - con quince bajo cero - donde me invitó a celebrar su cumpleaños Serguei, el co-autor de las dos canciones que mi hicieron famoso en Rusia.

Algunos se extrañan de mi rápido regreso a la Argentina: "¡Diez años sin venir y ahora, cada tres meses!" Esto me obliga a justificar que, en aquellos años de mis primeros encuentros con el país,aunque me encontraba feliz entre quienes se mostraban amistosos conmigo y mis canciones, no dejaba de molestarme cierto ambiente de mi entorno profesional. Recuerdo aquel programa de Susana Giménez en el que, trás cantar nuestro dúo Mon Amour con Mercedes, presencié la charla de las dos señoras sin poder siquiera pronunciar un "buenas noches". Esto me sorprendio, pero lo puse a cuentas de una falta de cortesía y  lo olvidé. Pasaron los meses. Una tarde que visitaba a Mercedes en su casa, ella me confesó: "No pudiste hablar porque la EMI, mi discografica, no quiso pagar" Esto me chocó bastante y me enfrió enteramente. Creo que no es es difícil de entender. Sencillamente una cuestíón de dignidad. De allí me fui por otros rumbos: Rusia, Cuba, Canada, China y volví a Francia donde me alcanzaron por Internet las personas que armaron, en el pasado mes de septiembre, dos conciertos en Buenos Aires.

En esta última estancia, me pareció que las cosas habían cambiado y que los miasmas menemistas se habían esfumado. Me encontré a gusto entre gente diferente, valiosa y valiente, que lleva por delante proyectos inteligentes. Respiré aires mejores y mi propósito, mi futuro, es recorrer a menudo este continente, sumirme entre su gente, cantar para quién quiera escuchar que "no soy de aquí, ni soy de allá" como un obstinado emigrante de todas partes.

Así será

      Poca cosa tiene que ver el concierto de ayer con el primero. Claro está que, al cabo de una semana de malo y escaso sueño, estoy bastante más cansado, pero esto sólo es físico y creo, por suerte, no afectó nada. Más bien me refiero al estado de ánimo de unos y otros. Al mío, al de los que están a mi lado para organizar el desafío del tiempo, y a la manera que esto imperó en el oído y el corazón de los que allí se reunieron.

     Primero los dos invitados, Silvina Garré y Pedro Aznar que se juntaron conmigo cuando llevaba  casi una hora y media cantando. Eso es un nexo grande con la ciudad. Mis canciones interpretadas por estos artistas amados es un lujo indecible. Igual que Mercedes tomándome de la mano ante todos y diciendo: “Te queremos, Nilda Fernández”. Un regalo de la vida, nada más.

     Luego, no se presentó esta vez la absurda e insospechada duda que se me atragantó el jueves, unos minutos antes de abrirse el telón. Ayer, venía convencido de que la fuerte expectación no era paralizadora y que, a pesar de tantas aguas, quedaban intactos el amor y el cariño.

   Canté mucho, casi dos horas y media, pero no puedo describir lo que pasó al final. Yo sentado delante, las mesas asaltadas y tomadas como asiento, unos tirados en el piso, otros de pie, pero todos radiantes, lanzándo besos y sonrisas. Hasta una señora mayor, de cabellera blanca y bien compuesta, rezando con ojos cerrados.

     En el momento de salir, cuando ya estaba dando la espalda para hundirme entre bastidores, escuchaba : “¡Vuelve pronto! ¡No desaparezcas más! ¡Que no pasen tantos años!”  Así será...

Un teatro casero

     Ayer, a las cinco de la tarde, estuve en una representación teatral extraña pero común o, por lo menos, nada infrecuente en esta ciudad. Georgina y Alejandro me la recomendaron y me sacaron la invitación por un dramaturgo que se llama Juan y que estuvo en mi concierto del jueves pasado. Me acerqué a una vivienda más allá de San Telmo, donde esperaban ya unas quince personas. Al entrar en un vestíbulo sin techo donde nos servían galletas con té, cada uno hablaba en voz baja como en una ceremonia de toque religioso. A los pocos minutos, una mujer con pelo negro y cortito deshizo una cadena que hasta entonces impedía un corredor, siempre al aire libre, que desembocaba en otro patio con peldaños y escalinatas, galerías altas, puertezuelas, vegetación, arbolitos, todo un vapor exquisito de adornos teatrales.

Nos detuvimos frente a una puerta blanca y repujada, tenue separación con un recinto y otro portón estrecho y alto que daba paso a un edificio de ladrillo rojo. Una muchacha disfrazada de actriz con vestido blanco, gafas negras, medias y zapatos de tacón, salió, cruzó el zaguán, asomó la cabeza por encima de una reja, nos dijo unas palabras solemnes de bienvenida y abrió la puerta esculpida con un gesto discreto que había que interpretarse como una invitación a dar unos pasos hasta el cobijo enladrillado de altísimo techo que, en algunos tiempos, debería ser despensa o almacén para cualquier uso olvidado.

Nos fuimos sentando en dos gradas contra el muro más ancho, y pronto empezó la función. La actriz con sayo blanco y un guitarrista eléctrico sentado en un rincón, nos pasearon durante una hora sensitiva por los textos de una poetisa uruguaya, según la dramaturgia y las ideas de Juan.

Al salir, mi vecina me preguntó si “yo era yo”. Le dije que sí, claro, y entonces me explicó, contentísima, que, en los años duros de la crisis, junto con unos amigos actores, había escrito y montado una obra teatral en la que alguien mimaba Mi amor en tu querer por encima de mi voz. Por ahí recordé que esta misma canción fue mi talismán cuando un director de teatro ruso la combinó con Les Sirvientas  de Jean Genet, abriéndome de esta manera las puertas de su país.

Regresé de aquello caminando por las veredas y los adoquines caóticos de San Telmo. Iba cayendo la noche. Crucé la Plaza de Mayo, subí por la avenida del mismo mes hasta el hotel Castelar, levatando los ojos hacia la habitación con balcón del séptimo piso, que conozco  por haber dormido en ella y que fue la de Federico, otro soñador infantil del teatro en la casa.

Primaverita de otoño

Ayer hizo feo en Buenos Aires. Hoy también. No tanto como para calificar la primavera de invierno atrasado sino como un otoño mensajero y anunciador de lluvias con ventoleras. Empecé quedándome en la habitación, intentando redimir una noche cortísima de tres o cuatro horas, no más, después del concierto y una cena sacudida con debates turbulentos. Pero no conseguí el sueño, se me negó la dormidera y permanecí entre dos cabezadas que nunca me traspasaban hacia el letargo total. No importa. Escribí algo, leí, pensé, esas tres faenas a las que me entrego con dulzura, con las que pasa el tiempo como un pájaro.

Luego, por la tarde, estuve en casa de Silvina Garré, para cantar a dúo el domingo que viene. Ella estudió - y practica - sicología; lo cual, pienso yo, añade a su conversación aquel tono centelleante. Nos repartimos la letra de Niña Bonita y también Mon Amour que le daba ilusión interpretar a pesar de la huella inmortal de la Negra Sosa. Su pianista es excelente. Bebí mate por segunda vez (la primera fue en un programa de radio nocturno) y de ahí me fui a Palermo para ver en la sala Siranush donde canté - y cantaré - un programa de cabaret bailable. Más tarde tenía cita en su casa con Minino Garay, percusionista de Córdoba y París. Da la casualidad que, en estos días, él está grabando un disco en la ciudad. Me presentó a la tertulia de sus amigos músicos. Nos vemos el domingo también. Viene mi concierto con el cajón y ¡ a ver lo que pasa !